viernes, 25 de abril de 2014

EL ESTUDIO MONSTRUO



INTRODUCCIÓN A LA NEURO-SEMÁNTICA DE LA TARTAMUDEZ (parte 4)


Un gran ejemplo de cómo el poder inmenso del lenguaje afecta al sistema mente-cuerpo fue un experimento, muy criticado en su día por su falta de ética. Fue conocido como el “Estudio Monstruo” o “Monster Study” y fue comparado posteriormente con los experimentos de los médicos nazis en los campos de concentración. Pero visto desde la perspectiva del tiempo, fue muy revelador de cómo se puede inducir la tartamudez en personas fluidas.

El experimento lo ordenó el psicólogo y terapeuta del lenguaje Wendell Johnson de la Universidad de Iowa en 1939 y lo llevó a la práctica su asistente Mary Tudor. Johnson era tartamudo severo, probó todas las técnicas disponibles hasta entonces, pero sin resultado. Su sueño era encontrar una respuesta a la tartamudez, y con el tiempo, sus investigaciones le llevaron a crear una teoría: la tartamudez era una conducta inducida por el entorno familiar y social y asimilada por el niño. Johnson era Semántico General.

La Semántica General, creada por el ingeniero polaco Alfred Korzybski en 1933, precedente de la Neuro-Semántica, decía que el significado que damos a las cosas determina las reacciones nerviosas del organismo, es decir, lo que hemos mencionado ya desde el primer artículo: cómo nuestras creencias y pensamientos se “in-corporan”, se hacen cuerpo, se somatizan.

Para probar su teoría, empleó a dos grupos de niños huérfanos de un orfanato: el primer grupo de niños era de niños tartamudos y el segundo grupo era de niños fluidos, es decir, sin problemas del habla. Mientras que a los niños tartamudos se les decían palabras cariñosas, de aprecio personal y de apoyo ante sus palabras torpes infantiles, a los niños fluidos se les decían palabras de desprecio y crítica ante la más mínima imperfección típica del habla infantil. El resultado fue muy revelador: los niños tartamudos superaron su tartamudez al poco tiempo, y los niños fluidos se convirtieron en tartamudos con graves consecuencias psicológicas.

A los niños tartamudos, ante sus dificultades para hablar, la asistente Mary Tudor solía decirles por medio de terapia positiva:
 
“Superarás la tartamudez y serás capaz de hablar incluso mejor que las personas que te rodean. No prestes atención a aquellos que critican tu habilidad, sin dudas no se dan cuenta que es sólo una fase”.

Al contrario, con los niños fluidos el discurso cambiaba radicalmente. Mary Tudor empleaba terapia negativa:
 
“El equipo médico ha llegado a la conclusión de que tienes un gran problema al hablar. Tienes muchos de los síntomas de los niños que son tartamudos. Debes hacer algo para detenerte inmediatamente. Utiliza tu poder. No hables a menos que puedas hacerlo bien. ¿Has visto como habla (y mencionaba el nombre de un niño del orfanato que mostraba evidentes problemas de tartamudez)? Sin lugar a dudas comenzó igual que tú.”

En el caso de la niña Mary Korlaske, la asistente Mary Tudor le decía:

Toma aire antes de decir la palabra en la que piensas que vas a tartamudear. Párate y empieza de nuevo si te bloqueas. Pon tu lengua en el paladar. No hables a no ser que puedas hablar correctamente. Vigila tu habla todo el tiempo. Haz lo que sea para no tartamudear”.

Como cabe suponer, esta hiper-vigilancia sobre el habla es lo que Nardone describe como la paradoja del “control que hace perder el control”. Esto nos suena mucho a las personas que tartamudeamos, cuando nuestro interlocutor, de buena fe, nos pide que nos tranquilicemos, que respiremos antes de hablar, que nos tomemos nuestro tiempo, etc., o cuando queremos controlar nuestra habla. Y al querer controlar, perdemos el control y tartamudeamos todavía más.

Johnson llamó a su teoría “Diagnogénesis de la tartamudez”, es decir, tartamudez inducida por un diagnóstico erróneo o juicio negativo por parte de padres, profesores, médicos y demás entorno familiar y social ante las leves imperfecciones del habla infantil.

El estudio de Johnson y su asistente da una idea de lo importante que es para los padres, profesores o médicos no juzgar negativamente las imperfecciones del habla infantil temprana. Juzgar negativamente o criticar abiertamente al niño por su forma de hablar somete a estos niños a una presión o vergüenza tales que les genera una gran ansiedad ante el acto de hablar. Y no está de más recordar que el acto de hablar es algo espontáneo del ser humano, algo natural, y cuando la persona quiere controlar lo que es espontáneo y natural (el habla, la respiración o el caminar, por ejemplo) o quiere controlar una competencia inconsciente (ir en bicicleta, conducir un automóvil, escribir en el teclado, etc.), acaba perdiendo el control.

Aunque según este estudio está muy claro que la tartamudez puede ser en muchos casos inducida por el lenguaje negativo de las personas del entorno del niño, no me encaja, de momento, en casos de personas tartamudas que recuerdan haber tenido una infancia feliz sin traumas ni malos tratos físicos o psicológicos, y que, sin embargo, desarrollaron tartamudez. Otro caso diferente es el de la aparición de la tartamudez en casos de niños o adolescentes fluidos después de un hecho traumático. La cuestión de si la tartamudez es genética o no lo dejo para otro artículo.

La niña Mary Korlaske, que en el experimento de Johnson y Tudor generó tartamudez para toda la vida, después de muchos años, ya anciana, localizó a Mary Tudor. Después de tantos años, Mary Tudor no había podido olvidar ni superar la culpa por lo que hizo a aquellos niños. Mary Korlaske le escribió una carta en la que decía lo siguiente:

You destroyed my life”, the letter said. “I could have been a scientist, archeaologist or even president. In stead I became a pityful stutter. The kids made fun of me, my grades fell off, I felt stupid. Clear into my adulthood, I still want to avoide people to this day”.

(“Tú destruiste mi vida» decía la carta. “Podría haber sido científica, arqueóloga o incluso presidenta. En vez de eso, me convertí en una tartamuda patética. Los niños se burlaban de mí, mis notas cayeron en picado, me sentía estúpida. De lleno en mi edad adulta, todavía hoy quiero evitar a la gente”).

Estas líneas nos sirven para tener una idea de los efectos dramáticos del experimento y también para mostrar el sufrimiento y la soledad de muchas personas tartamudas a lo largo de su vida. Mary Tudor se enfrentó a su pasado en estas líneas de Mary Korlaske.

Enlaces:


http://www-psych.stanford.edu/~bigopp/stutter2.html (artículo original sobre el estudio)


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