Cuando tenía 15 comencé 1° de Bachillerato en Arenys de Mar. Era un gran cambio, pasar de la escuela primaria al instituto. Mi tartamudez no había cambiado. De eso me di cuenta horrorizado en mi primera clase de lengua catalana. El profesor Jordi de Mas miró la lista de sus nuevos alumnos y nos decía que estaba buscando a su primer lector en voz alta. Cuando escuché aquello saltaron todas las alarmas y recé para que no pronunciara mi nombre. Dijo: "Juan Miguel Lorente González". Me quería morir. Temblando, titubeando realicé la peor lectura en voz alta de mi vida. Cada palabra era un suplicio. Estaba sudando como, no sé con qué compararlo. Al final, el profesor leyó el texto para que los demás alumnos escucharan una lectura decente.
Segunda escena:
En 3° de Bachillerato, con el mismo profesor de lengua catalana, teníamos clase con él a primera hora y yo aquél día llegué un par de minutos tarde a clase cuando la clase ya había comenzado. Me senté en mi silla y el profesor Jordi de Mas me dijo: "Lorente" y me pidió leer. Y leí fluidamente. Yo estaba asombrado. Qué había pasado? Lo entendí rápido: en los segundos que transcurrieron entre mi entrada en la clase y mi lectura, no me dio tiempo a generar ansiedad. Entonces comprendí que un componente muy importante de la tartamudez era generar ansiedad o no.
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